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La grasa
¿Debería tomar menos grasa, en especial la
saturada de origen animal si quiero estar tan sano y fibrado como
un culturista? Quiero saberlo todo sobre este tema. Cuanta más
información me puedas dar, mejor porque me interesa mucho
la alimentación.
Si quieres mucha información, aquí la tienes. De
hecho, para abarcar un tema tan amplio como este y dar respuesta
a tu pasión por el conocimiento, que me motiva para extenderme,
voy a tratar este tema dos meses más.
Tu pregunta es un reflejo de lo que se conoce como hipótesis
de los lípidos, que establece una relación directa
entre la cantidad de las grasas saturadas y el colesterol en la
dieta y la incidencia de las enfermedades coronarias. Esta teoría
la formuló un investigador llamado Ancel Keys a finales de
los años 50. Muchos estudios posteriores se han cuestionado
esos datos y esas conclusiones. No obstante, los artículos
de Keys han recibido más publicidad que los de opiniones
alternativas.
Las industrias de los aceites vegetales y de los sistemas
de procesamiento de los alimentos comenzaron a financiar investigaciones
diseñadas para apoyar la hipótesis de los lípidos.
El defensor más conocido de las dietas bajas en grasa era
Nathan Pritikin. De hecho, Pritikin abogaba por la eliminación
del azúcar, la harina y todos los alimentos procesados y
recomendaba los alimentos frescos, los granos integrales y un programa
de ejercicio intenso, pero la cuestión de la grasa fue lo
que acaparó la atención de los medios de comunicación.
Los que seguían este programa perdían peso y el nivel
de colesterol y la presión sanguínea descendían.
El éxito de la dieta de Pritikin quizá se debiera
a varios factores que no tenían nada que ver con la reducción
de la grasa; por ejemplo, la pérdida de peso por sí
misma ya reduce el nivel de colesterol en sangre, pero Pritikin
pronto se dio cuenta de que esta dieta sin lípidos presentaba
varios problemas y uno de los más importantes era que las
personas no podían mantenerla. Los que tenían la suficiente
voluntad como para seguir la dieta durante bastante tiempo sufrían
diversos problemas de salud, como la falta de energía, la
dificultad para concentrarse, depresión, aumento de peso
y las deficiencias de minerales.
Pritikin se libró de las enfermedades de corazón,
pero su dieta no le evitó el cáncer. Se suicidó
en la flor de la vida cuando se dio cuenta de que su régimen
espartano no le curaba la leucemia. No deberíamos morir del
corazón o de cáncer, ni consumir una dieta que nos
deprima. Muchos se sorprenderían de saber que, en realidad,
hay pocos datos que corroboren que una dieta baja en colesterol
y grasas saturadas reduzca los fallecimientos por enfermedad cardiaca
o que incremente la esperanza de vida. Veamos los hechos:
Antes de 1920 los problemas coronarios eran inusuales en América,
tanto que un joven médico llamado Paul Dudley White presentó
el electrocardiógrafo alemán a sus colegas en la Universidad
de Harvard y estos le aconsejaron que se dedicara a una rama de
la medicina con más futuro.
La nueva máquina detectaba la presencia de vasos sanguíneos
bloqueados, lo que permitía el diagnóstico precoz
de las enfermedades de corazón. Pero en esa época
no solía haber arterias atascadas y White tuvo que buscar
pacientes que se pudieran beneficiar de su tecnología. Sin
embargo, en los siguientes 40 años la incidencia de estas
dolencias aumentó de forma drástica, hasta tal punto
que a mediados de los años 50 eran la principal causa de
muerte en Estados Unidos.
Hoy al menos el 40% de los fallecimientos en Estados Unidos
se deben a esta causa. Si, como se ha dicho, la enfermedad se debiera
al consumo de grasas saturadas, debería verse un aumento
de la ingesta de grasa animal. La realidad es lo contrario. En el
periodo de 60 años que va de 1910 a 1970 la proporción
de grasa animal en la dieta estadounidense bajó de un 83%
a un 62%, y el consumo de mantequilla pasó de ocho kilos
por persona y año a menos de dos.
En los últimos ocho años, la ingesta de colesterol
en la dieta ha aumentado sólo un 1%. En el mismo tiempo el
porcentaje del uso de aceites vegetales en forma de margarina, manteca
y aceites refinados aumentó en un 400%, mientras que el consumo
de azúcar y alimentos procesados lo hizo un 60%.
El estudio Framingham se suele citar como una prueba de la
hipótesis de los lípidos. Este estudio comenzó
en 1948 y analizó a 6.000 personas de la ciudad de Framingham
(Massachusetts, EE UU). Se compararon dos grupos a intervalos de
cinco años: uno formado por personas que consumían
pocas grasas saturadas y colesterol y otro compuesto por voluntarios
que tomaban grandes cantidades. Tras 40 años, el director
del estudio tuvo que admitir: “En Framingham, cuanta más
grasa, colesterol y calorías se tomaban, menor era el colesterol
en suero. Comprobamos que los que consumían más grasa,
colesterol y calorías pesaban menos y eran los más
activos”. También se demostró que con exceso de peso
y mucho colesterol en sangre se corre más riesgo de padecer
una enfermedad cardiaca, pero el aumento de peso y el nivel de colesterol
era inverso a la ingesta de grasa y colesterol mediante la dieta.
Una investigación británica llevada a cabo durante
varios años con miles de hombres hizo que la mitad de ellos
redujeran las grasas saturadas y el colesterol, dejaran de fumar
e incrementaran el uso de las grasas insaturadas, como la margarina
y el aceite vegetal. Tras un año, entre los que seguían
una dieta buena había habido un 100% más de
muertes que entre los de la mala, a pesar de que estos últimos
fumaban. Un estudio del factor de riesgo de intervención
en Estados Unidos (U.S. Multiple Risk Factor Intervention Trial)
patrocinado por el Instituto Nacional Sanguíneo, del Corazón
y de los Pulmones comparó la mortalidad en más de
12.000 hombres. Los que tenían unos hábitos alimenticios
buenos mostraron una pequeña reducción en los
casos de enfermedad cardiaca, pero la mortalidad por otras causas
fue mayor. Lo mismo ocurrió en otros trabajos. Los pocos
que encuentran una relación entre la reducción de
grasa y el descenso de las muertes por dolencias cardiacas también
confiesan un incremento de los fallecimientos por cáncer,
hemorragias cerebrales, suicidio y muertes violentas.
El estudio de la prevención de los problemas coronarios
por los lípidos (Lipid Research Clinics Coronary Primary
Prevention Trial), que costó 150 millones de dólares
(unos 150 millones de euros), es el trabajo que más citan
los expertos para justificar las dietas bajas en lípidos.
No se midieron colesterol ni las grasas saturadas en este trabajo,
pues todos los voluntarios siguieron una dieta baja en ambos elementos.
En su lugar, analizaron el efecto de un fármaco contra el
colesterol. Su interpretación de los resultados fue que hubo
una reducción del 24% en las enfermedades coronarias en el
grupo que tomó el fármaco en comparación con
el placebo; sin embargo, las muertes por otras causas, como las
ya comentadas, se incrementaron.
Incluso la conclusión de que un colesterol bajo reduce las
dolencias de corazón no está clara. Investigadores
independientes que examinaron los resultados de este estudio no
encontraron diferencias estadísticas de fallecimiento por
problemas de corazón entre los dos grupos. Sin embargo, la
prensa y los diarios médicos han pregonado el estudio de
prevención como la prueba tan buscada de que las grasas animales
provocan enfermedades cardiacas, el asesino principal en
Estados Unidos.
Si bien es cierto que se han provocado problemas cardiacos en algunos
animales al darles dosis diez veces mayores de las que se encuentran
en la dieta humana de colesterol oxidado o rancio, estudios sobre
la alimentación de varios grupos de población contradicen
la conexión entre el colesterol y las enfermedades de corazón.
Un examen con 1.700 pacientes con saturación de las arterias
realizado por el cirujano cardiaco Michael DeBakey, no descubrió
relación entre el nivel de colesterol en sangre y la incidencia
de la aterosclerosis.
En Carolina del Sur se estudiaron a adultos y no se encontró
relación entre el nivel de colesterol y los hábitos
alimenticios malos, como comer carne roja, grasas animales,
fritos, mantequilla, huevos, leche entera, bacón, salchichas
y queso. Un centro de investigación médica demostró
que los que toman mantequilla corren menos riesgos de sufrir enfermedades
del corazón que los que usan margarina.
La leche materna proporciona una proporción mayor de colesterol
que casi todos los otros alimentos. Además, más del
50% de sus calorías provienen de la grasa, en gran parte
saturada. Tanto el colesterol como las grasas saturadas son vitales
para el crecimiento de los bebés, sobre todo para el desarrollo
del cerebro. No obstante, la Asociación Americana del Corazón
está recomendando una dieta baja en colesterol y grasa para
los niños. Las leches maternizadas son bajas en grasas saturadas
y las de soja no tienen colesterol. Existe un trabajo que conecta
las dietas con poca grasa con la incapacidad para crecer de los
niños.
Muchas pruebas hechas con poblaciones tradicionales han revelado
una información que es embarazosa para los dictócratas
de la dieta. Por ejemplo, un estudio que comparaba judíos
que vivían en Yemen, cuyas dietas contenían sólo
grasa de origen animal, a los judíos yemenitas que viven
en Israel, cuya dieta contenía margarina y aceites vegetales,
reveló que había pocos casos de diabetes y de dolencias
cardiacas en el primer grupo, pero bastantes de ambas enfermedades
en el último. (También se destacaba que los judíos
de Yemen no comían azúcar, pero para los de Israel
este producto era el 25-30% del consumo total de carbohidratos).
Una comparación entre poblaciones del norte y del sur de
la India dio los mismos resultados. En el norte consumían
17 veces más grasa animal, pero tenían una incidencia
de dolencias coronarias siete veces menor que en el sur. Los masai
y otras tribus de África subsisten a base de leche, sangre
y ternera. No sufren enfermedades de corazón y tienen muy
buen nivel de colesterol.
Los esquimales comen mucha grasa animal proveniente del pescado
y otros animales marinos. Por su dieta nativa no padecen enfermedades
y están muy fuertes. En un estudio de la dieta y las enfermedades
en China se vio que en la zona en que se consume mucha leche entera
hay la mitad de problemas coronarios que en otras regiones donde
se toman menos productos animales.
Varias sociedades mediterráneas tampoco sufren del corazón
aunque toman grasas saturadas del cordero, el embutido y el queso
de cabra, que conforman el 70% del consumo calórico. Los
habitantes de Creta se destacan por su buena salud y longevidad.
Un estudio con puertorriqueños reveló que, aunque
consumen mucha grasa animal, apenas padecen cáncer de colon
o de mama.
Una investigación con los longevos habitantes de la Georgia
soviética mostró que los que comían la carne
más grasa vivían más. En Okinawa, donde la
esperanza de vida de las mujeres es de 84 años, más
que en el resto de Japón, comen mucho cerdo y marisco y cocinan
con manteca. Los que abogan por restringir las grasas saturadas
no citan ninguno de estos estudios.
La relativa buena salud de los japoneses, que tienen la mayor esperanza
de vida del mundo, se suele atribuir a una dieta baja en grasa.
Aunque es cierto que toman pocas grasas lácteas, es un mito
que su dieta tenga pocos lípidos. Contiene una cantidad moderada
de grasas animales de los huevos, el cerdo, el pollo, la ternera,
el marisco y las vísceras. Con su afición por el marisco
y el caldo de pescado, que toman cada día, los japoneses
quizá consuman más colesterol que los norteamericanos.
Lo que no usan es demasiado aceite vegetal, harina o alimentos
procesados (aunque comen arroz blanco). La esperanza de vida de
los japoneses ha aumentado desde la la II Guerra Mundial a la vez
que la grasa animal y de la proteína en la dieta. Los que
muestran las estadísticas japonesas para promocionar la dieta
baja en grasa se olvidan de mencionar que los suizos viven casi
lo mismo con una de las alimentaciones más grasas del mundo.
Terceros en la clasificación por longevidad están
Austria y Grecia, ambos países con dietas con bastantes lípidos.
Por último, tengamos en cuenta Francia. Cualquiera que haya
ido a Francia habrá notado que su dieta tiene muchas grasas
saturadas por la mantequilla, los huevos, el queso, la nata, el
hígado, la carne y los patés. En cambio, los franceses
tienen un porcentaje de enfermedades cardiacas menor que en muchos
otros estados de occidente.
En Estados Unidos, 315 de cada 100.000 hombres de edad media mueren
de un ataque al corazón cada año. En Francia la proporción
es de 145. En la Gascuña el hígado de ganso y de pato
son parte esencial de la dieta, pero la relación es de 80
hombres de cada 100.000. Este hecho ha llamado la atención
internacional, que lo ha denominado la paradoja francesa. Sin embargo,
hay que destacar que los franceses padecen muchas enfermedades degenerativas.
Toman mucha azúcar y harina y en los últimos años
han sucumbido a la rapidez de los alimentos procesados.
Un conjunto de voces, como la Sociedad Americana del Cáncer,
el Instituto Nacional del Cáncer y el Comité del Senado
sobre Nutrición y Necesidades Humanas, proclama que la grasa
animal está relacionada con las enfermedades coronarias y
con varios tipos de cáncer. Cuando investigadores de la Universidad
de Maryland analizaron los datos que estos organismos utilizaron,
vieron que el cáncer se ligaba al consumo de grasa vegetal,
pero no a la animal. Está claro que las teorías que
leemos en la prensa están equivocadas. La idea de que las
grasas saturadas causan per se problemas de corazón,
además de cáncer, no sólo es una conclusión
simplista, sino que es falsa, si bien es cierto que algunas grasas
son nocivas para nosotros. Para saber cuáles son, debemos
tener nociones de la química de los lípidos.
Las grasas son una clase de sustancias orgánicas que no
son solubles en agua. Dicho de un modo sencillo, los ácidos
grasos son cadenas de átomos de carbono con átomos
de hidrógeno que rellenan los enlaces disponibles. La mayor
parte de la grasa de nuestro cuerpo y de los alimentos tiene la
forma de triglicéridos, que son tres cadenas de ácidos
grasos unidos a una molécula de glicerol. Se relaciona tener
muchos triglicéridos en la sangre con el aumento de las enfermedades
de corazón, pero éstos no provienen directamente de
la dieta, sino que los fabrica el hígado con el exceso de
azúcares que no se han utilizado como energía. La
fuente de este exceso es cualquier alimento que contenga carbohidratos,
sobre todo el azúcar refinado y la harina.
Los ácidos grasos se clasifican de la siguiente manera:
SATURADOS: un ácido graso se satura cuando
todos los enlaces de carbono están ocupados por átomos
de hidrógeno. Son muy estables porque todas las uniones de
los átomos de carbono están llenas, o saturadas, con
hidrógeno. Esto significa que no se rancian de forma normal,
ni siquiera cuando se calientan para ser cocinados. Tienen una forma
recta y se unen con facilidad, de manera que constituyen una grasa
sólida o semisólida a temperatura ambiente. El organismo
fabrica ácidos grasos saturados de los carbohidratos, aunque
también se encuentran en las grasas animales y en los aceites
tropicales.
MONOINSATURADOS: los ácidos grasos monoinsaturados
tienen un doble enlace formado por dos átomos de carbono
unidos, por lo que no tienen los dos átomos de hidrógeno.
El cuerpo fabrica ácidos grasos monoinsaturados de los saturados
y los utiliza en muchas funciones. Las grasas monoinsaturadas tienen
un pliegue o doblez en el enlace doble por lo que no se pueden juntar
igual que las saturadas, y por eso tienden a ser líquidas
a temperatura ambiente. Como las saturadas, son bastante estables.
Él ácido graso monoinsaturado no se rancia fácilmente
y se puede utilizar para cocinar. El más común en
la comida es el ácido oleico que es el componente principal
del aceite de oliva, como también de los aceites de almendras,
de pacanas, de marañones, de cacahuetes y de aguacate.
POLIINSATURADOS: los ácidos grasos poliinsaturados
tienen dos o más pares de enlaces dobles y les faltan cuatro
átomos de hidrógeno o más. Los dos ácidos
grasos poliinsaturados más comunes en los alimentos son el
ácido linoleico insaturado doble, con dos enlaces dobles
(denominados omega 6); y el ácido linolénico insaturado
triple, con tres enlaces dobles (llamado omega 3). (El número
del omega indica la posición del primer enlace doble). El
organismo no puede producir estos ácidos grasos y por eso
se llaman esenciales. Obtenemos los ácidos grasos esenciales
de los alimentos. Los poliinsaturados tienen pliegues en el enlace
doble por lo que es difícil unirlos. Son líquidos
incluso fríos.
Los electrones que no se unen en los enlaces dobles hacen que estos
aceites reaccionen con facilidad. Se rancian, sobre todo los omega
3, y tienen que tratarse con cuidado. Los aceites poliinsaturados
no deben calentarse o utilizarse para cocinar. En la naturaleza,
los poliinsaturados se encuentran con una configuración en
cis, lo que significa que tanto los átomos de hidrógeno
como los enlaces dobles están en el mismo lado.
Todas las grasas y los aceites, de origen vegetal o animal, son
una combinación de ácidos grasos saturados, monoinsaturados
y los ácidos linoleico y linolénico poliinsaturados.
En general, las grasas animales como la mantequilla, la manteca
y el sebo contienen un 40%-60% de grasas saturadas y están
sólidas a temperatura ambiente.
Los aceites vegetales de climas fríos contienen muchos ácidos
grasos poliinsaturados y están líquidos a temperatura
ambiente, pero en los trópicos son más saturados.
Por ejemplo, el aceite de coco tiene un 92% de grasa saturada. Estos
lípidos son líquidos en los trópicos, pero
están más duros que la mantequilla en zonas más
frías. Los aceites vegetales son más saturados en
climas cálidos porque la saturación ayuda a mantener
la rigidez de las hojas. El aceite de oliva, que tiene mucho ácido
oleico está en las zonas templadas. Es líquido a temperaturas
altas, pero se endurece cuando se refrigera.
Continuará el mes que viene…
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